Monday, December 03, 2007

sobre los juguetes

LA ADULTEZ ESTA EN VENTA.

Algunas acotaciones acerca de los juguetes.

  1. La respuesta al cómo (la forma y el proceder)

Se presentan con figuras muy básicas y pulidas. Círculos, cuadrados y triángulos perfectos. Rojo, amarillo, azul y verde; colores planos, visualmente inconfundibles, contundentes, atractivos. Olores a fresa, uva, durazno,naranja y limón que dentro de todo ese universo artificioso, antiecológico y fabricado les imprime a los juguetes ese carácter natural que tantas veces nos vincula casi afectivamente con los objetos. Pero en este mundo de los olores, el “chicle” que es uno de esos objetos-representación-ícono del poder humano a todos los niveles posibles, desplazó con su intención confusa de no parecerse a nada, a todas esas artimañas frutales que nos hacían encontrar en todos aquellos objetos tan ajenos pero provocativos, ese algo doméstico que nos igualaba e identificaba con ellos. Y digo artimañas frutales porque lejos de provenir de fresas, uvas y limones reales, eran (son) la manifestación aromatizada de esa afición del hombre, además remunerada[1], por plagiar la esencia (es decir, lo fundamental, lo nuclear y conceptual) de cuanto natural encuentra a su paso. Y me permito decir además que el elemento empoderador de este sistema de engaño es precisamente que logró que nosotros aún conscientes de semejantes fachadas aromatizadas, nos mantuvimos omisos y resignados; agazapados tras los procesos químicos e industriales aferrándonos a esos hermosos cauchos naturalizados. Haciéndonos así parte del truco.

Pero esque los niños ya no comen frutas sino chicles, y como el objetivo primero del juguete es intervenir los sentidos de la manera menos racional posible, fué ese pequeño objeto masticable, barato, colorinchudo, oloroso, escupible, deformable, molarmente invencible y además persuasivamente empacado, el que extinguió ese vínculo frutalmente emotivo, abrazador, fraterno y hogareño que gestamos con algunos juguetes. Impuso una relación basada en la tentación y que apunta directamente a lo visceral, a lo pasional y a lo impulsivo. Sin embargo, el olor a chicle no ha sido el único gestor de esta campaña “sexualizadora” del juguete y del juego; y la cuestión de los materiales no es muy distinta. Plásticos, cauchos, resinas, acrílicos y todos los derivados, parientes y similares de estos, todos, todos son fabricados, artificiales, construídos, humanos. Todos son el producto de esta cultura industrial que se preocupa tanto por estilizar, disimular y vestir (y cualquier otro verbo que pueda ser asociado a la forma de los objetos y al cómo se nos presentan) los contenidos. Estamos en la era de la supremacía de la forma y de todo aquello que es sensible y susceptible de deseo. Lo emotivo y lo reflexivo germinan en función de lo añadido y duermen en la periferia a la hora de construir nuestra relación con los objetos. .

Digo todo esto porque el juguete es un producto mental, industrial y económicamente adulto que necesita sobrevivir en un universo de niños, a quienes se ha de persuadir activando ese dispositivo de deseo aún pristino. Así, en una relación con el mundo que se presenta aún libre del proceso de racionalizar las sensaciones tan propio de los adultos, lo efectivo será entonces apuntar a todo aquello que sea ajeno a los procesos mentales interventores del proceder motivado sensorialmente, traducidos socialmente en un lenguaje de valores.

Así, el encuentro con un juguete se produce una vez se genera el deseo suficientemente fuerte que casi empuja a acceder a él y ese deseo no es mas que una necesidad sensorial que debe ser saciada con el tocar, morder y oler un objeto que suplica con sus texturas y sus formas ser intervenido, y lo logra. El juguete se exhibe medio agónico, triste e incompleto. Incita con sus materiales aún indescifrables para nuestras manos de manera casi seductora nuestro reparo y se manifiesta en un botón que pide casi a gritos ser presionado o en una cuerda que necesita ser halada ya mismo para legitimar su existencia. Se sucede pues un acto entre redentorista y paternalista que nos vincula con el juguete y nos hace sentir un cierto poder que asumimos como entidades legitimadoras de palancas, botones, ruedas, cuerdas y pelos de muñecas.

Se presenta entonces una falsa relación de poder cimentada sobre un sentimiento atravezado por la lástima y entonces el payaso no se reiría si yo no hubiese oprimido el botón y Barbie andaría desnuda si no le hubiese puesto el vestido. Sin embargo, esa dominación que creemos tener sobre los juguetes y que inconscientemente tanto nos satisface, no es mas que un atractivo (posiblemente comercial también en alguna medida) disfrazado de plastilina, acrílico y peluche. Tras esa relación de poder que se sostiene con un juguete, se esconde el germen del pensamiento adulto que luego se traducirá en discurso político, como luego veremos.

Ese empalago producido por la inflamación del sentimiento de poder sobre un objeto-juguete, es canjeada por dinero. Y el juguete una vez en casa, se incuba en un espacio del que se apodera y en el cual raptará prontamente nuestra mirada, nuestro(s) sueño(s) y nuestro dinero. Pospondrá nuestras comidas y reducirá la duración de nuestras conversaciones.

Absorviendo todas las tardes posibles, restringirá nuestra socialización alimentándose de nuestra voz y limitará nuestras interacciones con otros objetos reduciéndolas exclusivamente a aquellas en las cuales el otro se destruya a si mismo al intentar equiparar sus cualidades a aquellas ofrecidas por ese artefacto brillante, liso, básico y aún inexplorado que es este (el juguete y en especial el nuevo, es celoso). Desplazará entonces hacia el cinturón de miseria de nuestra atención a cuanto objeto-labor-persona intentara apartarnos, cual tentación condenable, de aquel universo limpio, atractivo, pulido y ansioso de intervención que engloba al juguete nuevo, cuando las dimensiones a las que sería posible integrarlo aún parecen inagotables. Cuando de manera tímida aunque hipócrita su imperio solo se erige sobre el tapete. Así es como poniendo a prueba inocentemente nuestra imaginación y no confrontando la eficacia de los alcances materiales o solidarios y compasivos del juguete, se suman al monopolio primigenio del tapete espacios como la ducha, el comedor o el patio. Pero paradójicamente, no soy yo de 9 años quien quiere bañar al oso, sino el oso quien quiere apoderarse de mi concentración cuando luego de practicamente desintegrarse bajo el agua, tendrá que ser secado y vuelto a su forma inicial. Hay dentro de todo, un compromiso salvador de mi parte, que fue adquirido disfrazado de números. Un compromiso que ha sido cuantificado y reducido a números.

Este proceso de abstracción al que nos conduce el juguete no es mas que el consumarse de una verdadera relación de poder que aquí se construye, en la cual soy yo quien se somete y se subyuga en función del bienestar imaginado de un parásito de plástico con extremidades articuladas. Ese mismo que algún día me hizo sentir indestructible e inflamable, que logró hacerme sonreír sarcásticamente a los demás.

2. Se puede ir mas allá (en el contenido del juguete).

Si pudiésemos hurgar un poco mas en el gérmen y en el contenido del mundo de los juguetes encontraremos pues que la tan mencionada relación de poder a la cual nos sujetan estos objetos, no es sino un escombro del discurso que subyace a su materia. Discurso del cual son hábiles emisarios y cautelosos embajadores.

Hemos dicho ya que todo el proceso asociado a los juguetes (desde la invención pasando por su comercialización e incluso la compra) se enmarca dentro de un contexto meramente adulto y por tanto predecible es que estén empapados hasta el ahogo de todo ese universo adulto tan incomprensible e imposible de digerir por los niños.

El adulto, siempre estará orgulloso de serlo y concibe la niñez como un estadio inconexo, hilarante e irracional. Por tanto, irreconciliable y antagónico a ese monumento inderrotable de razón y crítica que parece ser la mayoría de edad (en todos los sentidos de la frase). Pero el mundo de los grandes, ha construído e incluso impuesto una temporalidad cuyos cimientos se erigen a partir de una visión unilineal y unidimensional evolucionista que atraviesa el existir del hombre con un deber-ser. Un proceso de vida cuyo punto cúlmen y óptimo ha de ser la edad adulta con todas sus cualidades y “ventajas”. Así pues, además de orgulloso de su condición, el adulto es también paternalista (con elementos dominantes, persuasivos y manipuladores) y muy amablemente nos ofrece su invitación a ese universo combinado de razón, sensatez y disfrutes inefables a todos aquellos que desafortunadamente no pertenecemos a la esfera privilegiada de la mayoría de edad. Así pues, se procede a enseñar al perro a dar la mano y a cargar bolsas como si fueren estas simples hazañas (provocadas en realidad por un pedazo de comida) un abrebocas de lo “adultizable” del mundo. A los niños se les convoca mediante los juguetes (y veremos mas adelante por qué). Se muestra Lo Adulto (como institución) de tal manera que fuese equiparable a un talento o a alguna aptitud que necesariamente ha de ser potenciada en veras de dotar y favorecer a quienes no están(mos) cubiertos por aquel cotizado velo de ventajas.

La niñez es asociada mas que a un estadio propio de la existencia humana, a una fase embrionaria continente de la adultez. Es decir, que los niños no son entendidos dentro de un contexto particular sino concebidos como adultos de no mas de un metro que suplican a grito herido una mano redentora investida por la razón. Así, los adultos (ojo no los niños) con la actitud mesiánica que los caracteriza inventaron los juguetes, esos objetos de cuarenta centímetros que contienen y reducen a colores llamativos y formas fácilmente comprensibles el fluír de la adultez mostrándose como lúdica mas que manipuladora. Cocinas diminutas, kits médicos rechinantes y legos libertarios imponen durante la niñez mas que el sueño adulto, un deber-ser humano construído a la luz de resentimientos, caídas y heridas abiertas. Un proteccionismo argumentado desde la función, la mecánica y la ganancia y no desde lo esencialmente humano que se define a partir del asombro, la pregunta y la búsqueda de la certeza.

Así, lo niño deja de ser niño, perdiéndo inclusive su nombre propio y se convierte en un adulto potencial que debe ser estimulado, y estimulado dentro de tales parámetros y los juguetes son planteados desde libertades previamente limitadas, desde una permisividad artificiosa en la que cualquier posible conflicto ha sido previamente contemplado y así mismo resuelto. El juguete trae consigo una libertad previamente delimitada y el niño solo podrá hacer con él lo que este, de antemano le permita. En ese sentido, incluso los conflictos han sido ya determinados a manera de libreto donde no hay espacio para la improvisación.



[1] Imitar la naturaleza es un oficio humano. Una labor que se cambia por dinero que se ha institucionalizado de tal forma que es jerarquizable y se valoriza directamente proporcional a cuán “natural” se nos presenta el resultado de la pretenciosa mímesis.

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